Como algunos de ustedes sabrán, M. S., a quien con mucho cariño apodo “la negra”, se acaba de graduar recien la semana pasada. Para agasajarla, se me ocurrió la no muy brillante idea de invitarla a una noche de rumba, junto con otras amigas, en una discoteca de Caracas.
Yo propuse que fuéramos a “Copa’s”, pues era lo que en ese momento nos quedaba mas cerca y es el único lugar para “chicas” que conocía.
Llegamos super temprano, a las 10:30 pm del sábado pasado. No había nadie en la entrada, solo un grupito de 3 personas de esas que parecen estar esperando a alguien. Así que tocamos el timbre y se abre la mirilla de la puerta, un ojo anónimo se asoma para inspeccionarnos y en segundos se vuelve a cerrar sin darnos respuesta. Después de unos minutos tocamos una segunda vez y se repite el mismo cuento. Unas de las personas que estaba esperando en la parte de afuera (una muchacha) se acerca y toca ella el timbre, se abre la miralla por tercera vez y voilá, se abre por primera vez la puerta y aparece el vigilante (un moreno alto por cierto) y nos pregunta que si conocemos a los organizadores del evento, que si somos invitados, pues, al parecer, hay una fiesta privada y no todo el mundo puede pasar (todo esto lo dice con un tono de vacilación en la voz). La muchacha que tocó el timbre hace como si la pregunta no fuera con ella y se queda callada. Entonces yo le respondo al vigilante que no, que no sabiamos que hoy habia fiesta privada y él nos constesta que entonces no podemos pasar. La muchacha, que sigue sin decir nada, medio sonreída, hace un ademán de “permiso que voy pasando” y para sopresa de todos, el vigilante se hace a un lado y la deja entrar.
Con un ligero malestar en el estómago (de esos malestares que dan cuando uno se siente vulnerado) y un sentimiento de disconformidad, decidimos que ya tuvimos bastante por una noche y que mejor nos vamos a dormir. No hemos terminado de coger el taxi cuando vemos entrar al grupito que estaba parado cerca de la entrada, libremente, al parecer sin tener que darle muchas explicaciones al portero.
Yo quiero salir de dudas y le lanzo la pregunta al taxista:
-¿Señor, aquí hacen fiestas privadas todo el tiempo? porque resulta ser que no nos dejaron pasar…
-No… eso fue que no quisieron dejarlos entrar.
Quien conoce a la negra sabe que ella vale su peso en oro. Es considerada con los demás y espléndida en su sencillez. Tan considerada es que cuando llegamos a la casa me dijo: “Javi disculpa… ya sabes… por lo que pasó″. Como si acaso pudiese existir ni remotamente la posibilidad de que ella fuese culpable por la minúsvalidez mental que obstentan algunas personas que se atreven a decidir, de manera prejuiciosa y con muy poco criterio, quien entra y quien no a un local por como lucen (más aún, siendo este, un local de “ambiente”).
Yo me solidarizo con la negra, pues si alguien merece, más que nadie, solidaridad de parte de la comunidad sexodiversa y feminista por igual (en las cuales ella participa y milita) es ella.
Javier Véliz


Posted on Abril 9th, 2008 at 8:44 am by Dianova
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