Mónica Mancera realizó este trabajo especial para Ciberfeminismo en ocasión de la segunda visita de Sor Teresa Forcades a Venezuela, en noviembre del año pasado, durante su participación el Seminario Internacional “Equidad de Género en Acción”, organizado por el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, presidido por Roberto Hernández Montoya. Forcades prometió volver y ha cumplido su palabra. Por estos días se encuentra en Caracas cumpliendo una agenda interesantísima en el Celarg, a propósito del Foro “Teología de la Liberación en el cambio de época” donde abordará el papel de las mujeres en este cambio epocal. A continuación lo que conversaron Mónica y Sor Teresa, no tiene desperdicio.

Sabemos que la teología feminista es una teoría crítica que surge a partir de la contradicción. Para hablar de esta teología debe haber condiciones como la contradicción, el posicionamiento personal, por lo tanto, en su accionar, esto es, en el compromiso, en la lucha social tendrá problemas con la autoridad. ¿Usted puede decirnos cómo ha sido su experiencia dentro de la Iglesia como teóloga feminista?
De esta pregunta quería recoger primero, como usted lo ha dicho muy correctamente, sobre la experiencia de contradicción, porque es bueno destacar la noción de experiencia como esa noción central para todo el pensamiento feminista, no solamente el teológico, y destacarla aunque parece hoy no sea muy conocido, porque aún seguimos haciendo muchas teorías a partir solamente de las ideas, es decir, cuando incluimos la experiencia del que sería sujeto central hegemónico, no sujeto que cuestiona precisamente la validez de esas ideas y teorías. Esa es la experiencia cuando la llamamos de contradicción y es la más fecunda, porque es la que es capaz de imaginar, pero no solamente imagina como aquel que tiene una opción para imaginar una sociedad distinta, es que no es una opción es una necesidad, pues no se conforma uno a los patrones imperantes. Todo es muy importante.
Dicho esto hay una experiencia que me gustaría comentar, pues no va ser una experiencia de confrontación con una jerarquía con la iglesia lejana, sino la que me aparece día a día con la cotidianidad, de la praxis de la experiencia feminista, y esta pasa con las experiencias como la que ahora voy a narrar. Esta fue cuando yo entré en el monasterio en el cual formo parte, el Monasterio de San Benet de Montserrat, queda en la montaña de Montserrat, cerca de Barcelona, en la que hay 40 mujeres viviendo juntas, la expectativa que genera eso de una serie de experiencias que van a poner a pruebas las teorías que una tiene, desde el punto de vista, en ese caso feminista. En ese primer día conté: —pues hago estudios, trabajo, lo que fuere, y entonces me considero feminista. En ello pareció cuando se echa una jarra de agua fría. Ahí nadie dijo nada, yo capté, y ahora después de vivir 11 años en ese monasterio, hago recuento y las monjas mayores me dijeron que todas pensaron: —bueno ya eso se le pasará o se lo haremos pasar. Lo que ha ocurrido, si yo no hubiera insistido, no digo que no se deba hacerlo, o hubiera insistido vivir a priori como una aceptación de la palabra feminismo antes de poder entrar en conversaciones feministas, entonces yo creo que no hubiera conseguido avanzar en ese contexto, pero pareciera hacer una serie de concesiones en cuanto al contenido, el significado de la palabra me da igual. No me da igual en el sentido de que la reivindico como expresiones explicitas de una solidaridad generacional de la genealogía de las mujeres, nuestras madres, nuestras abuelas, sino que vamos reivindicando la rueda y apareciendo en el panorama del pensamiento como si eso no lo hubiera pensado nunca nadie, por eso, en ese sentido la reivindico. Pero no en el sentido de que yo pueda entrar en una conversación liberadora con alguien si me pasan por el aro de la palabra. En ese sentido con mis compañeras del monasterio, unas que cumplieron los 100 años, por ejemplo, dos que se murieron a los 100. Bueno, esas conversaciones pudieran formar parte de cualquier panel feminista, lo único que no decían la palabra. Fue una experiencia, pues las feministas norteamericanas le llaman a eso «the F Word», y eso sería que designan para usar la palabra, perdonen la mala palabra, se usa para designar la palabra fucking, entonces para el contexto feminista la tienes la «F Word», feminismo la que no puede decir. Bueno eso es una parte de la experiencia.
Quería otra que fue este año pasado [2007], me hicieron una entrevista para revista catalana, en Barcelona, allí me preguntaron si en el monasterio yo era la única feminista o qué pasaba. Entonces, yo le respondí que diríamos que estas 40 monjas, y que quizás había otra del monasterio que consideraba que podría que pudiera usar ese adjetivo sin ningún complejo. Yo lo dije para precisamente para respetar esas opciones que tienen mis compañeras. Cuando volví al monasterio, leyeron la entrevista y me vinieron un par enfadadísimas. Me dijeron que creyeron que tenía el monopolio del feminismo. Entonces, ¿lo ves?, eso no lo sabes nunca. La persona siempre se autodefine. En ese momento tienes que estar abierta y a punto a los cambios, pensaron las monjas mayores, algunas, pensaron que la que iba a cambiar era yo y resulta que cambiaron algo.
En ese sentido, lo que sería el obispo, por ejemplo, no he tenido hasta el momento no ha habido ninguna confrontación. Yo creo que, en parte, es porque no tengo posición docente. Yo terminé mi doctorado de medicina, terminé ahora el de teología que lo defendí hace un mes. He dado clases, pero no he dado con una plaza de propiedad, cursos, en la misma Facultad de Teología. Pero, ahora, deberemos ver si se abre una posibilidad, en ese sentido o no, que conlleve en el aspecto que usted pregunta no he sentido que hay unas limitaciones y posicionarse ante ella.
De por si la iglesia, bueno como usted bien lo narra en su libro Teología feminista en la historia cuanto nos han discriminado, nos han invisibilizado. Bueno, sabemos que está ampliamente con las mujeres, como feminista. Pero el feminismo también incluye, y como usted lo mencionó en una entrevista a Xavier Pikaza, en Barcelona, las y los indígenas, las y los afrodescendientes, las y los pobres, todos las y los discriminados, sin embargo, nos gustaría saber si usted acompaña las luchas de las y los LGTTB. ¿Las considera legítimas?
Claramente, como va tan bien preparada para esta entrevista, me alegro que hay un artículo mío que no ha leído que es sobre la transexualidad. Es una conferencia que di (me alegra en el sentido de broma, porque una se queda impresionada cuando la citan tan correctamente). Esa fue una ponencia que di en Bilbao. El título exacto no lo recuerdo, pero era precisamente hablar explícitamente del fenómeno de la transexualidad y de la experiencia que detrás hay, y de hacerlo de una manera que no hacerlo no solamente perder dentro de una teología de la liberación su carácter, por decir así, poco ideal que puede tener, incluso, dentro de formulaciones a veces dentro de la teología de la liberación, pues se centran en el fenómeno de pobreza pero olvidan de esas luchas de la identidad y de subjetivación. Entonces, no solamente era la perspectiva teológica que yo uso permiten evitar esa no idealización o estigmatización, sino creo que convierten a la vivencia de la transexualidad y a cualquiera que normalmente agrupamos con LGTTB, todas que son sexualidades alternativas o altersexualidades de la normativa, pues esa las consideramos locus teológico: eso sería lugar particular de la manifestación de lo divino entre nosotros, esa una manera concreta en el espacio y el tiempo, no solamente de particularizar esa epifanía de Dios, sino de hacerlo de manera que le dé un mensaje importante al resto. ¿Cuál sería ese mensaje importante? Bueno –eso haría que le alargue un poco– eso sería la explicitación de los límites de la llamada antropología de la complementariedad. Esa sería una antropología que considera al vínculo ceremonial de la pareja heterosexual, algo que, por decirlo así, completa la humanidad, algo que une lo femenino y lo masculino, y allí aparece pues esa humanidad completa, eso viene de Platón y del mito del hermafrodita, eso no tiene nada de cristiano. Al contrario, desde el principio el cristianismo no es la única religión, pero ahora hablamos de esta.
El cristianismo retó a su sociedad circundante con esa propuesta de que una mujer pudiera decir “yo no me caso”, pero qué sentido tiene si usted no se casa. Eso es la lectura de la virginidad, esa irreductible interioridad que nos constituye como sujetos. En su momento y aún hoy en algunos aspectos, incluso en nuestra cultura, pues eso es un reto que para la mujer que lo vive y para la sociedad que lo oye. Entonces, la idea de que el matrimonio, hablo del matrimonio ahora porque lo ligo con el sacramento, es extensivo a toda convivencia de pareja, represente un sacramento dentro de la iglesia cristiana porque une lo complementario; eso desde el punto de vista teológico debe deslegitimarse porque el sacramento representa que el matrimonio está expresando el amor de Dios en medio de la comunidad. El amor de Dios dentro de esa norma, mandamiento nuevo que nos dio Jesús que dice: “amaos los unos a los otros pues como yo los he amaos”; y, luego, en el capítulo XVII del Evangelio de Juan aparece cuatro veces la expresión de Jesús, cuatro veces en un capítulo pequeñísimo, cuatro veces Jesús pide, esa es su oración antes de su pasión y muerte, que se amen como tú y yo nos amamos y esa es su oración al padre. Bueno, el padre y el hijo no se han amado complementariamente, pues de género no, porque hablamos de género pero tampoco complementariamente, en el sentido de que el amor se defina porque yo te amo a ti porque tú tienes lo que yo no tengo, pues eso es comercio, ¿cómo va a ser eso amor? El amor es gratuito, por definición. La única respuesta posible es yo te amo a ti porque sí. Eso es porque si yo pongo ahí un por qué otro de porque sí, porque eso es un acto de mi libertad, el hecho de amar y solamente podría ser ese. Entonces, bueno qué pasa cuando desaparece esa condición: ¡ah!, te dejo de amar, ¿verdad?, porque yo te amo porque tú tienes lo que yo no tengo, el día que otra persona me lo dé ¿qué pasará?, te dejo de amar. Ya no te amo a ti por tu particularidad personal, o sea, yo creo que eso pertenece desde cualquier antropología verdaderamente humana, y desde la teológica cristiana por supuesto, esa definición del amor excluye la complementariedad como su fundamentación. Ahora bien, en esto que nos complementamos las personas, las ayudamos y aquí nadie va de superman o superwoman, ¿no?, pero eso no pertenece a la definición del amor. Yo no te amo porque tú tienes lo que a mí me falta. Yo creo que eso, la comunidad LGTTB nos ayuda a todos a visibilizarlo. ¿Por qué? Porque ahí se producen uniones que, desde el punto de la complementariedad, pues parecen que no deberían producirse. Qué lástima, sí hay personas que, a veces, comenten esto de la unión homosexual: —¡no, claro, yo si lo respeto!, pero es un poco más pobre, ¿no?, porque allí no han de unirse el polo masculino con el polo masculino. Eso se supone que debe ser lo más fantástico, allí, pues claro, el masculino lo juntan con el masculino como si fueran dos piezas no acaban de encajar, ¿no?, y allí viene la imagen biológica, todo eso.
La noción de amor y de sacramento que representa el amor de pareja en el mundo, del cristianismo, tiene mucho que aprender, agradecer, reconocer en el fenómeno de las parejas no heterosexuales. En ese sentido, igualmente con la transexualidad, ¿por qué? Aquí me alargo porque es mi manera de hablar de la definición y de la experiencia de género, masculinidad y feminidad, usando estas dos como referentes, ¿porque? Así que también da para hablar mucho, pero si que parece el fenómeno del intersexo, del intergénero, ahora lo dejo para no alargarme, para no perder lo que quería decir. Esas identidades, las sexuales, las considero identidades infantiles, infantiles no quiere decir una cosa de menosprecio, sino una cosa que elimine esas identidades de polo utópico que nos las coloque de nuestra trayectoria de subjetivación y, también, de socialización o de concepción, eso que llamamos del reino de Dios en teología, es decir, son identidades punto de partida y, como tales, son aceptables y les damos la bienvenida, pero, el problema de la sociedad patriarcal y del feminismo de la diferencia cuando se esencializa, es considerar esas identidades que son punto de partida como punto de llegada, como algo a lo cual debemos darle un carácter normativo. Eso es así, por tanto, una serie de consecuencias para que no te salgas del carril, y si te sales tendrás que pagar un precio pues el de vivir en contradicción con tu naturaleza o tu esencia. Esos discursos esencialistas no son para reivindicarlos, pero yo creo que el problema que ha tenido el feminismo de la igualdad es no tener en cuenta que pueda existir yo creo que existe, pero estoy abierta al debate en ese sentido, yo creo en punto de partida con diferenciales que si tenga esa identidades de género, pero como punto de partida, por tanto, como identidad infantil. ¿Por qué me gusta esa idea? Yo considero identidad personal y subjetivación, eso no puede ser igualado nunca a algo que yo recibo en mi infancia, eso es algo de lo que yo soy sujeto y, en ese sentido, que empezar con algo no ideal me parece que es condición de posibilidad para lo que es ideal, mi subjetivación, se constituya como un acto subjetivo, como un acto del cual yo soy y nadie más yo soy actora. No sé si me he explicado en ese punto. Esto es lo que me hace afirmar la experiencia de la transexualidad, puede ser no vivida con mucha dureza o dificultad y de lo que llamamos, en general, intersexo o las distinciones en ese sentido, nos ayuda, nos hace entender que las identidades no son para esencializadas que son un punto de partida, por tanto flexibles, lo que debemos tener en el horizonte siempre es esa concreción en el espacio y el tiempo de lo que es el amor y la libertad que constituye siempre ser persona, ser sujeto del mismo Dios, y esa es la idea que constituye mi estudio de la persona divina en la teología trinitaria clásica. ¿Qué es ser persona? Me parece importante que el ser persona se definió, precisamente, en los debates trinitarios del siglo IV, allí se discutió y se definió lo que hoy usamos como un concepto no teológico, sino un concepto social, psicológico, en todos los niveles, tiene sus orígenes trinitarios del siglo IV, quería destacar eso.
¿Es partidaria del feminismo de la igualdad dentro de la diferencia?
Bueno yo tengo una propuesta. Yo creo que las dos tienen dos algo irrenunciable, el debate está abierto, lo que ocurre es las dos tienen algo irrenunciable, tienen sus límites. El feminismo de la diferencia identifica correctamente el punto de partida, pero se equivoca en el punto de llegada, porque es lo que reproduce la sociedad patriarcal, sin querer esencializa, y la de la igualdad reconoce ese polo utópico, adónde vamos, pero como no reconoce el punto de partida se centra en problemas, en contradicciones, de cómo educar, cómo ayudar a otros, cómo vivir tú sin tener que negar esas experiencias que parecen refuerzan el estereotipo, pero no tenemos que tener miedo de las experiencias porque aceptarlas es desde donde podemos dar el salto a esa sociedad nueva, pero si tú tienes un modelo teórico que no te permite aceptarlas, porque eso es reconocer que te has dejado influir, bueno eso es lo de Nancy Chodorow la manera como yo lo explico, por tanto, mi postura, yo creo y así lo desearía, que se pudiera hacerlos corrido.
¿Usted nos podría hablar acerca del feminismo lésbico?
A partir del artículo que les acabo de hablar –me da un poco de vergüenza porque no es un artículo acabado sino una ponencia que di en Bilbao, hace tres años, allí la grabaron como hacemos ahora y, luego, la transcribieron [¿Existe lo femenino en Dios?, en CiberFeminismo, http://ciberfeminismo.org.ve/?p=197], me la enviaron para que la revisara desde el punto de vista formal. Para ser un artículo buscas no solamente consistencia argumentativa sino la expresión, entonces, ese artículo es todo menos una cosa bien estructurada, pero yo creo que el contenido queda claro.
Sobre la teología lésbica. La teología la he estudiado en tres instituciones distintas, pero la empecé en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, porque estaba residencia ahí en medicina, me dieron la beca, a través de la Universidad de Florencia, que es como un referente en la teología feminista católica, en general, y en toda la teología feminista. Ahí me encontré con una comunidad estudiantil, en la cual hay un 25% de homosexualidad en los estudios de teología en Harvard y eso no casualidad, eso es, por una parte, buscado porque el deseo de tener una comunidad diversa, era uno de los objetivos de esa facultad. Además porque cuando uno vive esos problemas de identidad que le llevan a cuestionarse el sentido de la propia vida muchas veces y se encuentra una comunidad de soporte, y luego la parte de espiritualidad se desarrolla, como le decía al principio, no como una opción sino como una necesidad, pues ahí está esa riqueza, por decir así, de mundo interior que se vive, entonces yo creo que en esa comunidad hubiera una presencia superior de la que se considera la población general. De ahí, pues, las amistades de las posibilidades para mi tanto de literatura feminista lésbica como en teología lésbica, la misma Carter Heyward, se definió como la primera mujer o el primer grupo de mujeres ordenadas como sacerdotes episcopalianos, de la iglesia episcoliana, que son anglicanos de Estados Unidos, creo que esto fue en 1976, y ella fue la primera que fue la que se definió en su identidad lésbica. Ahí, eso tampoco va a ser una norma, pues, pero un frescor, pero es algo que me interesa como de Mery Daily, por ejemplo, quien se define no como teóloga, o bien, se define más como filosofa que teóloga, pero teología cristiana. Bueno, ya lo dejo eso, se salió, ya había luchado y nos ha dejado abierto el camino a otras, como yo, ahora que vivo ahora esa identidad dentro de lo que sería la institución, pero reconozco ese trabajo de Mery Daily no es para mi para descartarlo por qué se salió, sino, al contrario, para decir que se saliera no es para mí el objetivo más elevado que yo pudiera tener de quedarse en la institución, pero, bueno en ese momento en ese camino.
Esa es otra de nuestras inquietudes. Si sor Juana Inés de la Cruz eligió entregarse a un claustro por saber, porque la elección de esa época era ser monja o era tener un marido y atenderlo. Si estás en el claustro tienes una serie de privaciones, pero hay una puerta al saber, ¿por qué usted eligió la vida religiosa? Esto lo hace a los 31 años, en ese momento se retira al pueblo Montserrat para encontrar tranquilidad, va a estudiar porque tenía un examen en la Universidad de Harvard –en ese momento estaba estudiando medicina interna–. Entonces, viene de una vida laica, ingresa al claustro, o bien, tiene la medicina, el feminismo, ¿por qué no desarrolla todas estas posibilidades desde la vida laica? No es una contradicción lo que plantea Jesús y la interpretación de la estructura jerárquica de la iglesia.
La manera como debo responder clarísimamente es, bueno, tú hablas de una elección que hago y, en ese sentido, la palabra ya me gusta porque sin la elección uno no se va al monasterio, pero te voy a dar un dato, es el de la vocación, el de la llamada. La vocación es la experiencia espiritual profunda que se puede vivir y no se puede explicar mucho con palabras. Puedo intentar decirlo ahora de ello, pero con la consciencia de que este tipo de experiencias, pues son las preciosas y no solamente las de vocación educación religiosa sino las del enamoramiento, por ejemplo, bueno se entienden hasta un cierto punto y yo lo entiendo muy bien pero no sé comunicártelo porque tú no lo entiendas bien. No, no, no es eso, sino que el mismo sujeto las vive plenamente y no se capta cognitivamente, pero son experiencias de humanización, no quieren decir que sean irracionales, todo lo contrario son de la razón, pero en mi experiencia claramente sonaron las campanas, lo cuento porque así fue, yo no es que dijera aquí me habló Dios en cinco minutos, eso no fue, pero si tuve esa sensación de llamada personal, ¿a qué? Yo no lo sabía, pero si yo no tenía un llamado explicito, razonado, pero era una expectativa, como dije, de haber pasado a una sala y dices “ahí, aquí pasará algo relevante”, quizás luego no pasa. Sí, si yo hubiese tenido esa sensación y nada hubiera pasado, entonces me habría olvidado de ello. Entonces, tuve esa sensación, luego, cuando entré a la iglesia de ese monasterio –está en una parte de la montaña de formas muy especiales–, las monjas pensaron, en el año 1971, —vamos a colocar unos retablos con oro y con lo que sea si aquí tenemos unas montañas preciosas e hicieron unas cristaleras, hicieron en un ángulo a un Cristo colgado en una cruz, luego se ve las montañas, los pájaros que vuelan y todo eso. Yo fui a ver eso. Una cosa fue ver el placer estético y otra fue como eso una pequeña moción interior de expectativa. Me voy razón y lo voy a explicar más rápidamente, porque la idea era ir durante un mes. Durante el mes, las expectativas iban saliendo, yo iba como excitándome. Un día me reconocí en el momento de estar en la Iglesia, suspirando por dentro lo siguiente: —yo pudiera viviendo así como viven esas monjas, yo no sabía qué era. Bueno eso fue la experiencia. Esto fue completamente irracional. No saben cómo viven. No puedes anhelar algo que no conocen. Allí me compré la regla de San Benito para ver cómo vivían. La leí y parecía estar escrito para mí. ¿Cómo decís eso? Sí algunos pasajes que dicen que a los pequeños se les azotan. Entonces y yo le leí, en el sentido, de frase en frase, no al que se les azota sino al que busca la felicidad, la vitalidad. Claro es un proceso interior de gran agitación y eso no me cuadraba a mí con mis planes ni con nada.
La abadesa del monasterio pidió hablar conmigo, y yo “terror, ya no han notado” como yo no le había dicho a nadie, ella me dijo: —me han dicho que usted es médico [sic], que está haciendo un estudio de enfermedades infecciosas. Haces unos años cuando empezó la epidemia del sida, nos vinieron hablar de eso, pero como han pasado años, habrán cosas novedosas y, bueno, para dictar una charla a la comunidad. Yo respiré, dije que nadie había notado nada, y que esa era mi oportunidad: voy a entrar, voy a dar la charla, voy armar una trampa para ver sí las cojo, en el sentido de romper ese cordón umbilical extraño que se estaba formando y con el cual parecía que no podía ver por muchos motivos de los cuales tú me decías que no pudiera tener eso que no pudiera tener un resultado positivo para mí.
La trampa fue la siguiente: el virus, las proteínas de la membrana, la capsula de todo eso, luego, voy hacer la reflexión final que fue que el dolor experimenta esa la enfermedad, no solamente es físico, muchas veces tiene una dimensión de tipo psíquico porque tiene un rechazo por parte de personas, eso era en el año 1995 que expresaba eso, ahora ha cambiado mucho, pero en ese entonces era aún más. Hay un dolor físico pero también hay una parte espiritual, porque muchas veces la comunidad desea dónde la persona pertenece también la rechaza. Pues, entonces yo eso lo tenía fresco porque yo tenía un amigo que es homosexual en Barcelona, formaba parte de un grupo, hasta ese entonces clandestino, de homosexuales católicos que hacían reuniones, misas con los sacerdotes para poder narrar sus experiencias, y esos en ese año precisamente en el foro de los Cristianos Progresistas de Barcelona iban hablar de su grupo, porque decían que la cosa podía hacer posible. Habían dicho, mucha gente aplaudió cuando ellos expresaron en ese foro, que estaba muy bien ser cristiano progresista pero a ver qué pasaba con algunos temas que decían de uno pero otras personas no. Por tanto, había alguna lucha en ese momento, ¿no? Mi amigo y yo habíamos cenado la noche antes de que subiera al monasterio, y me había contado toda esa experiencia.
Pensé que la iba a contar y ver cómo reaccionaban las monjas. Yo con eso tendría un criterio, más o menos, para lograr mi inserción en la comunidad o al contrario de lo que yo creía. Hay tres posibilidades de respuestas, de las tres no me cuadran con esto que estoy viviendo: la primera, digo será inmediatamente de ir a buscar un criterio moral externo, decir, estamos hablando de homosexualidad, pero el Papa dice que estamos hablando de esto y si hacen esto, la comunidad pues el cordón se va a romper con lo cual me quedaba tranquila y luego también decepcionada, pero era muy emocionante estar viviendo una llamada de Dios que era lo que yo entendía. La segunda, sería que tuvieran una actitud de reivindicación superficial, no claro porque es muy importante que tuvieran un discurso superficial que a mí no me pegaba con la experiencia real, por tanto, una postura si queréis progresista pero superficial pero que tampoco me iba a convencer. Digo la tercera que era la más probable la que me iba a convencer en las comunidades católicas, la de haber oído a mi amigo homosexual y decir esto del virus, de la membrana, de la proteína, del tema, pues nada, muy poco de confrontación, de armónico, muy elegante, pero allí acabas de ignorar la realidad del dolor, entonces allí acabas de allí está, entonces allí me resuelven el problema.
Al día siguiente doy la charla, asisten las 40 monjas, hablen de lo que fuere médicamente, al final hablé de mi amigo del grupo y del dolor no solo físico sino del psíquico y del espiritual y de que la comunidad sí lo aceptan. ¿Preguntas? Levanta la mano una monja que se llama Rosa María, que ahora está muerta, en ese entonces tenía 90 años, y me dice: —oye ese grupo de personas homosexuales, ¿hay mujeres en ese grupo?, porque hasta el momento has hablado de Enrique, tú amigo, que es un hombre. Yo dije: —yo que sé, yo conozco a Enrique, que es mi amigo, pero yo no he participado en ese grupo, porque en ese entonces yo viví afuera, etc. Bueno, esa falta de honradez que me engancha (risas), dije: —sí algunas, pero no tantas; pero, ya me empezaban a descolocar. Entonces levanta la mano Regina, que hace la página web, tiene setenta y pico, y me dice: —oye, tú has dicho que en la parroquia normalmente no lo explican porque se han hecho catequistas, y ¿con los padres, con la familia cómo haces? Dije: —algunos sí, algunos no eso depende. Empezaron, todas hacerme preguntas en esa dirección, yo me sentí como exactamente el cazador cazado, cuando yo puse una trampa y resulta que yo iba de progre, de mentalidad abierta con mi tema, homosexualidad, a veces tres posibilidades del tema, pero esas mujeres del tema pasaban olímpicamente del tema para ser progre o no serlo, pero ellas habían oído de gente que sufría y querían ponerle un rostro concreto para rezarle, por las personas, por la vida concreta. A mí me sorprendió eso y yo dije que quería aprender a vivir así. Así fue como yo entré.
A la mañana siguiente, pedí hablar con la abadesa; entonces, le dije que pedí hablar para quería entrar en el monasterio. Ella empezó a reír porque ella es una artista original, dijo que la comunidad se reirá mucho cuando yo le diga. Le comenté que yo tenía una beca para terminar teología en Harvard, dos años, que estaba por terminar en Harvard. Ella me dijo —vamos a pensar eso un poquito porque las formas de montaña, la niebla, además de que la beca en Harvard parece muy bien que la puedas acabar. Te propongo que continúes y acabes los estudios y estos dos años compruebes esa experiencia se confirme. Si es de Dios no se va a ir. Ese llamado no se va ir, no te preocupes.

Nora Méndez, la oveja benedictina, Marianela Tovar, Mónica Mancera y Dianova en noviembre de 2008 en el Celarg, fotografiadas gentilmente por Roberto Hernández Montoya


Posted on Octubre 25th, 2009 at 6:53 pm by Administrador
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