Arte social por las trochas hecho a palo, pata’ y kunfú’ de Argelia Bravo, recoge las prácticas artísticas de la activista y documentalista venezolana y su arte social personificado en Yhajaira, como poderoso símbolo que denuncia la violencia infligida por todo el cuerpo social. Una muestra nada complaciente que constata la discriminación y la pobreza a través de la técnica forense policial, los expedientes legales y antropológicos.
Argelia Bravo es heredera aventajada y lúcida de una casta de rebeldes con causa, irreverentes luchadores que hace décadas escribieron la historia contemporánea del país por las trochas verdes que pisaron las botas guerrilleras inconformes. Bravo resemantiza su apellido y muestra a través del rosa bravo su actitud feminista militante con la que ha transitado por la caraqueña avenida Libertador, repartiendo preservativos contra el sida, denunciando la violación de los derechos humanos de las mujeres que por opción u obligación, realizan un trabajo sexual estigmatizado, del que nadie quiere hablar en público, y que al mismo tiempo es requerido por una sorprendentemente amplia población, nutrida en cantidad y diversidad.
Estas son las desclasadas, objeto de la más feroz discriminación, esa que invisibiliza, margina y reduce a las trochas urbanas inconfensables, en la periferia de la periferia del sistema social, ese es el núcleo duro del arte militante de Argelia Bravo, que habla y responde pacientemente mientras fuma en el cafetín del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), donde se expone su obra.
¿Cómo llegas a temas tan difíciles como la violencia por expresión e identidad de género donde podemos apreciar una clara influencia de Claudio Perna?
Son visiones distintas. Sin embargo, es un homenaje a Claudio Perna. Yo tomo su categoría de “arte social”, su concepto del arte social y la escultura social. Hay ciertas coincidencias, que retomo y le doy continuidad a partir de esos aportes que dejó Perna al arte contemporáneo. Trabajo esta idea perniana de arte social.
Tú te defines como documentalista. ¿Tu trabajo está inscrito en una línea de arte conceptual?
Por supuesto, esto está vinculado a las prácticas artísticas, al proceso, más que a la obra como producto o como objeto. Lo que estoy mostrando es un larguísimo proceso, evidencias de un caso, que es Yhajaira como obra social. Cuando yo empecé a trabajar con Yhajaira y las trans, noté que todas tenían cicatrices, tanto autoinfligidas como producto de la violencia policial, de la calle, los transeúntes y la familia. Pero Yhajaira tenía muchísimas cicatrices. En primer lugar, la idea de los cuerpos marcados, la naturalización de esa violencia y de que ellas mismas se merecían ser agredidas, por haber cometido el grandísimo pecado de transformar sus cuerpos y sentirse mujeres. Es el mundo que las agrede por su identidad.
La idea de cómo contar una historia de vida a través de las heridas fue la primera parte del proceso de la obra de Bravo. “Yo había conocido a la población transexual a través del trabajo de prevención que realicé con la organización Transvenus. Yhajaira fue la única trans que había puesto denuncias en la policía por casos de violación de derechos humanos e intentos de asesinato. El caso que narra Yhajaira en las dermocopias, el caso de Dayana, que fue presuntamente asesinada por la policía. Por esta denuncia, Yhajaira tuvo que irse del país, ya que recibió múltiples atentados, amenazas que se materializaron en disparos, allanamientos y persecuciones. La exposición Arte social por las trochas, cuenta ésta y otras historias de las personas que deciden afrontar su sexualidad al margen de la heterorrealidad.
Cuenta Argelia que este trabajo comenzó en el año 2002, cuando trabajó con Marcia Ochoa. Esa línea la mantuvo desde entonces. “Comencé a ampliar las prácticas artísticas desde la comunidad trans. Yo vengo del feminismo, toda mi propuesta plástica trabaja sobre los estereotipos de género y la violencia simbólica hacia la mujer, ya no solamente desde la problemática de lo femenino, sino desde el género y la diversidad sexual. Empiezo a trabajar desde la comunidad trans, la promiscuidad epistemológica, —la trans-in-disciplina— partiendo de varias disciplinas del saber, sin ser académica, desde el arte y las prácticas artísticas. Es una forma de criticar esos valores eurocéntricos y monolíticos como lo único que certifica los saberes. Como metodología también es ideal, porque trabajo con las trans, ellas son trabajadoras informales, promiscuas y cuidadanas indisciplinadas y estigmatizadas. De alguna manera, es una forma de trabajo indisciplinada e informal, buhoneril.
¿No temes a la estigmatización de tu obra por mantenerte al margen de los circuitos artísticos prestigiados, además de ser una heterosexual que trabaja con la población sexodiversa?
Esa es una pregunta reiterada. Hay una palabra que para mí es importantísima, es lo que me sigue conduciendo a lo largo de los trabajos y la investigación que he venido desarrollando como propuesta dentro de mis prácticas artísticas, y es una palabra clave, es la transgresión. Esto no sólo se vinculan a las chicas trans. Son cuerpos desobedientes, no domesticables y transgresores frente a la heteronormatividad y a una cultura dominante, patriarcal, que trata de disciplinar los cuerpos y las sexualidades. Ellas son completamente antinormativas, indisciplinadas y desobedientes. La desobediencia es tal que todo lo que le sucede a lo largo de su vida es porque están en contra de la norma binaria de género, de correspondencia biológica. Para mí, ése es el gran poder que tienen ellas, la gran metáfora que ellas poseen como un poder transgresor.
Esto valida tu propuesta artística, porque arte que no arriesga…
Exactamente. Quizás la bolsa de arte-evidencia pueda pasar desapercibida, pero para mí resume toda mi propuesta, más allá de los detalles de la trocha como metáfora de la indisciplina y de la transgresión, porque la trocha son esos caminos alternos —no sólo dentro del campo del conocimiento o de las ciudades— sino también dentro del campo del arte, trochas que se van abriendo, contracanónicas. Resume todo lo que me interesa proponer: el arte como un poder transgresor dentro de los cánones. En este caso el arte está en una función distinta del decorado o arte totémico, prefiero asumirme como artista-perito y presento las pruebas que constatan que el cuerpo social es responsable —no culpable— y cada una de nosotras somos productos del cuerpo social. Lo que está en cuestionamiento es la noción de lo sano y lo enfermo, por ello intervengo desde la práctica de la conservación del arte e invito a una conservadora a que haga una evaluación de la obra social “Yhajaira Marcano Bravo”. Porque se supone que la conservación busca una respuesta frente al estado de salud de una obra. Se trata de poner en duda lo que está saludable y lo que está enfermo, ¿es Yhajaira la que está enferma porque se siente mujer o estamos todos enfermos por estar inmersos en estas normas que nos imponen cómo debe ser un cuerpo y cómo debe comportarse un cuerpo sexuado y generizado?


Posted on Diciembre 21st, 2009 at 7:11 pm by Dianova
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